New York, New York, el himno del sueño americano

A Oto Sampedro

Las relaciones que Frank Sinatra sostuvo con la mafia han sido ampliamente discutidas. Según la leyenda, el escritor Mario Puzo se inspiró en el cantante y actor para crear en su novela El Padrino al personaje de Jhonny Fontane, un protegido de Vito Corleone cuya carrera artística despunta cuando los empresarios de espectáculos se enfrentan a la sutil persuasión de una pistola. Según lo refiere Francis Ford Coppola, el mismo Sinatra le habría pedido matizar las referencias entre su persona y el papel de Fontane, al enterarse de los planes para hacer la versión cinematográfica del libro.

A la sombra de la Gran Depresión y la Ley Seca, los grupos delictivos conformados por inmigrantes y sus descendientes habrían de florecer en los Estados Unidos especialmente en la década de los 20. Los movía el miedo a la pobreza y la frustración de no cumplir con el sueño americano que, décadas más tarde, encontraría su himno máximo en el tema de la cinta New York, New York (1977) de Martin Scorsese.

La canción, compuesta por Kander y Ebb, e interpretada por Liza Minelli, protagonista del filme junto a Robert De Niro, sintetiza en buena medida la enfermiza historia de amor entre una cantante y un saxofonista empeñados en encabezar las listas de éxitos musicales después de la Segunda Guerra Mundial. La película fracasó en taquilla. El fugaz brillo de la Minelli jamás volvería a alcanzar las alturas de Cabaret, y casi acabaría por extinguirse entre adicciones y matrimonios mal logrados.

Un par de años después, acostumbrado al juego sucio, Sinatra grabaría el tema originalmente escrito para Liza (with a Z) y lo haría suyo por siempre. Ni siquiera la versión de José José conseguiría evitarlo.

Con el estreno de Shame (2011), segundo largometraje del director Steve McQueen, la canción adquiriría un tono devastador en la voz de Carey Mulligan, quien interpreta a Sissy, suicida fallida y reincidente, cantante de bares que intenta desesperadamente estrechar lazos con su hermano Brandon (Michael Fassbender), un exitosísimo yuppie adicto al sexo, incapaz de entablar relaciones significativas con personas alguna. Brandon pareciera ser el único vínculo verdadero que Sissy tiene con la humanidad.

Si en la película de Scorsese, De Niro y principalmente Minelli simbolizan la búsqueda del sueño americano, en Shame la cumbre ya ha sido alcanzada. El rol encarnado por Fassbender, da cuenta de la soledad de las cimas. Aislado en su departamento, rodeado de lujos que no puede compartir ni con las decenas de mujeres a quienes podría tirarse para luego tirar a la basura, Brandon puede ser visto como el epítome del consumidor capitalista: un hombre robot. Aunque hasta el hombre de hojalata tiene un corazón. Su hermana Sissy logra conmoverlo cuando canta para él y su jefe la alabanza al american dream desde la voz de quien nació para perder.

Mulligan aborda la canción como quien se extravió en el camino al éxito y simple y sencillamente dejó de buscarlo. Ya no importa. El vacío no se llena comprando en los almacenes de la Quinta Avenida. Casi nada puede hacerlo. Liza y su madre, Judy Garland, trataron de saciarlo con alcohol y calmantes; la Monroe con una palabra al otro lado del teléfono mientras esperaba su muerte; la Garbo sonriéndole a su soledad.

Aunque no pueda decirse que el sueño americano haya muerto todavía, los movimientos inspirados por las ideas de Stéphane Hessel, como el de los Indignados en España o el Occupy Wall Street, cuestionan ampliamente sus beneficios y nos develan su verdadero rostro: el del american nightmare.

Tal vez, la próxima vez que en un filme escuchemos las notas de New York, New York, éstas provengan del esqueleto de un edificio en la desolada Detroit, la antes próspera ciudad industrial que hoy agoniza junto a su mermada población, luego de ser abandonada por los especuladores financieros.

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